¿Es real el dolor muscular de la Fibromialgia?

Los dolores referidos por las personas con Fibromialgia – mayormente mujeres – parten de los músculos y de las inserciones de éstos en los huesos. Se puede decir que lo que define la enfermedad es precisamente el dolor generalizado sin causa orgánica aparente, o sea: no hay evidencias físicas de daño muscular que explique el dolor. Junto a la fatiga crónica y el sueño no reparador- síntomas más frecuentes-, la florida manifestación de trastornos cognitivos, afectivos y conductuales asociados han llevado a la comunidad médica a considerarla una de las múltiples Enfermedades Psicosomáticas, también conocidas como Síndromes Somáticos Funcionales o Síndromes de Sensibilización Central.

La asociación de la histeria con estos cuadros dolorosos sin causa física aparente ha sido frecuente, y tuvo su punto más alto a raíz de las teorías de Freud relacionadas con la somatización de los conflictos no resueltos, como una forma de expresión en el plano físico – cuerpo – de sus problemas psicológicos. Y es que, si bien es cierto que no han faltado autores que han descrito cierta “disposición temperamental” de estos pacientes hacia las respuestas ansiosas y al estrés, donde se detecta una “labilidad emocional” hacia los llamados estresores, no ha sido justo estereotipar a estas personas como “histéricas”, con el estigma que conlleva tal aseveración.

¿Histeria o psicosomatización?

Aunque los criterios de la Academia Americana de Reumatología para el diagnóstico de FM se ciñen más bien a los aspectos físicos de la exploración corporal y a la presencia de síntomas determinados, sí se ha observado que estos pacientes tienen una particular actitud frente a su estado de salud: unos muestran una apagada expresión de los afectos, con una tendencia a la sobreadaptación, y hasta sacrificial; con poco cuidado del cuerpo y poca empatía hacia su entorno, confinándolo al aislamiento afectivo, enfocado hacia “su” dolor muscular que lo paraliza, física y psicológicamente, viviendo en un limbo que no le permite un lenguaje estructurado ni realizar abstracciones de tiempo y espacio. Otros, muestran una conducta más expresiva, con un deseo de ser explorado físicamente por el médico para mostrar cuán intenso es el dolor, hiperreactividad, recabando el apoyo del galeno hacia el “objeto” que empeora su cuadro: un conflicto con su pareja poco empática y exigente.

La variedad de manifestaciones en los planos cognitivo-conductuales de estos pacientes y la ausencia de hallazgos físicos que justifiquen de facto el cuadro doloroso deja poco espacio a los médicos para actuar. Sin embargo, si la causa fuera meramente psicógena, se esperaría que el abordaje terapéutico con psicofármacos permitiera la remisión de los síntomas de naturaleza afectiva (depresión, ansiedad, trastornos del sueño) como sensorial (dolor generalizado); sin embargo, ésto último no se cumple en la enorme mayoría de los pacientes.

No podría hablarse de una coexistencia de patología psiquiátrica precisa en estos pacientes, a pesar del perfil psicogénico de la FM, aunque también es cierto que se han hallado trastornos histéricos, hipocondría, psicoastenia y ciertas desviaciones psicopáticas; y se ha aseverado una mayor incidencia de trastornos psiquiátricos en estos pacientes en comparación con otros cuadros de dolor crónico.

El hecho de los efectivos resultados obtenidos con el empleo de antidepresivos tricíclicos en algunos trabajos de investigación, lo que ha hecho que con frecuencia se indique estos fármacos a los pacientes diagnosticados con FM, la persistencia del síntoma dolor generalizado crónico ha motivado la búsqueda de trastornos neurofisiológicos desencadenantes de una hipersensibilización al dolor.

¿Se trata entonces de un trastorno a nivel del Sistema Nervioso Central, o es más bien un trastorno a nivel muscular?

Las más ortodoxas hipótesis que se han planteado para tratar de explicar el origen del dolor son:

  • muscular,
  • neuroendocrina,
  • neurógena
  • psicógena,

Éstas han derivado en numerosos estudios muy controversiales y no concluyentes. Ha sido descartado la existencia de bases anatómicas, histológicas o bioquímicas que identifiquen a esta enfermedad como un trastorno muscular intrínseco. Tampoco se ha evidenciado la existencia de un trastorno circulatorio local como causa de disfunción muscular a consecuencia de la falta de oxígeno localmente.

La evidencia concluyente de alteraciones a nivel hormonal en el origen de la enfermedad no ha sido definitoria, sino más bien ha estado plagada de contradicciones: se han invocado alteraciones en los niveles de serotonina, hormona del crecimiento y cortisol, mientras hay reportes sobre trastornos en os niveles de catecolaminas. En personas con FM se ha observado una alteración en los niveles de ciertas hormonas en sangre ante la presencia de estrés, lo cual explica síntomas como el cansancio, la tolerancia al dolor, sobre todo después de realizar ejercicios físicos. Se ha llegado a plantear un estado de bajo nivel de respuesta a estímulos estresantes.

No sólo la fatiga crónica y una marcada intolerancia al dolor, sino los trastornos del sueño han sido explicados en estas teorías sobre el origen de la enfermedad a nivel neuroendocrino. Sin embargo, cuando las personas son tratadas con terapias restauradoras hormonales, si bien se ha observado una mejoría en el cansancio, el rendimiento físico al ejercicio y hasta una disminución del dolor percibido en los puntos dolorosos en la exploración física, no se observó efecto alguno sobre el insomnio ni el dolor crónico.

Definitivamente la sistemática presencia de los estresores desencadena en la persona que padece FM la sucesión de períodos de crisis en la enfermedad. Sin embargo, los estudios realizados en estas personas revelan que las respuestas hormonales al estrés no son exactamente las mismas que una persona sin FM; sino diametralmente opuesta: la persona con FM carece de una respuesta hormonal típica, sino que los bajos niveles de aquellas hormonas que preparan al organismo desde el punto de vista metabólico, muscular y cardiovascular, para enfrentar una situación de alarma, una “contingencia” determinada, han sido observados con asombro por los estudiosos del tema.

Los bajos niveles de las “hormonas del estrés” observados en estos pacientes recuerda los cuadros de estrés crónico; sin embargo, no todas las personas con estrés crónico sufren dolor crónico generalizado como consecuencia de éste. La pregunta a hacerse sería: ¿qué situación en particular generaría en una persona una respuesta a los estresores en la que predomina una gran sensibilidad al dolor?

Una pregunta que requerirá darle un vistazo más profundo a los mecanismos neurobiológicos des estrés…

En la próxima publicación abordaremos estos temas. Mientras, ahí les dejo estas reflexiones.